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30.11.2010
Relato de un pescador
Autor: Javier Yuste cc by-nc-sa Ilustración: Javier Yuste cc by-nc-sa

Me ha costado ponerme a escribir sobre un recuerdo que ha regresado del fondo de mi mente hace tan solo unas pocas semanas. Unas imágenes grabadas bien dentro de mí y que el calor incipiente y el hecho de alejarse de la rutina diaria han propiciado su reflotamiento. También hay que echarle la culpa al paso cruel del Tiempo, gracias al cual castigo a los lectores.
Ya van para cinco años que no echo un anzuelo al agua con la certeza total de que ningún pez picaría tontamente. Sí, aunque me gusta la pesca, nunca he disfrutado de tal sensación de victoria sobre el animal. Seguro que más de uno ya habrá esbozado alguna mueca burlona ante tan singular situación, pero no ha sido para mí, ni es, causa de vergüenza ya que me dedicaba a la pesca sin muerte (y no solo porque no picaran) y, de paso, encontraba (no siempre, claro está) un pequeño rincón donde pensar y poner en orden mis pensamientos, aparte de adquirir tal tonalidad de color de piel que, en una ocasión y paseando en fiestas locales entre los puestos de vendedores marroquíes, casi fui “asaltado” por dos agentes de la autoridad requiriendo mi identificación. Aún me pregunto qué les frenó o, mejor aún, qué efecto acarrearía el incidente si hubiese ido más lejos.
Siempre estuve en el mismo puesto de pesca: en la bocana del puerto viejo, contemplando cómo otros pescadores se llevaban todos los panchitos que nadaban alegremente. Usaban gusana coreana y yo también lo hice, pero la primera semana, ya que me cansé de que los pececillos se llenaran la tripa a mi costa y sin llegar a picar, seguramente debido a mi total falta de habilidad. Devoraban aquel cebo que no me daba asco manejar y lo hacían con extraordinaria presteza y sin tocar el frío metal. Todo esto resultaba en muchas ocasiones algo frustrante aunque en mi mente no estaba la idea (válgame Dios) de terminar por llevarme a la boca, en una comida familiar, alguno de aquellos escurridizos amigos escamados. La razón de tal negativa no reside en el hecho de que el único tipo de pescado que me gusta sea el bonito y la merluza, sino que, tras las operaciones diarias de limpieza del sedal y demás utensilios, que parecían destinados a recoger material flotante de tipo desconocido que se les quedaba adheridos, se me quitaron las ganas de saborear cualquier exquisitez del puerto.
La primera vez que tuve contacto con la pesca fue el mismo día que, gracias a una rabieta bastante infantil, encaminé mis pasos por las calles descendientes que cada vez olían más a salitre, hacia el establecimiento de efectos navales más caro del lugar donde, viendo mi ineptitud y la aureola que portaba cuan figura en templo (pero en mi caso, de “pichón”), se aprovecharon de mi inconsciente proceder, acabando por ocupar mi puesto con un material totalmente inadecuado para mis conocimientos e, incluso, para mi edad de entonces. Por suerte no tardé mucho en remediar tal situación haciéndome con, por fortuna, una buena, manejable y hermosa caña.
Sí, esa primera vez, armado con una caña inservible, visto en retrospectiva, me causa bastante vergüenza, pero me alegro en recordar que me planté en el puerto dispuesto a aprender, no a través de un libro de préstamo de la biblioteca municipal, sino observando todo lo que me rodeaba. Casi todos mis exiguos conocimientos en la materia se los debo a un viejo y anónimo marino que, como yo, se sentaba en la bocana del puerto, casi enfrente de mí, donde estaba el farol rojo. Me hace especial gracia el rememorar que lo observaba con el rabillo del ojo y trataba de absorber todos los detalles, sus movimientos, etc. Así aprendí a montar la caña y a lanzar el anzuelo a una distancia envidiable, lo cual me llenaba de orgullo.
Resultaba extraño no verle todas las tardes protegido bajo el soportal sobre el que se alzaba un pequeño y bello edificio dedicado al pescador jubilado que ya solo puede ver partir y regresar los barcos y hombres curtirse bajo al sol que, por ser más jóvenes, ocupan su mismo puesto.
Supongo que aquel viejo marino sentado enfrente de mí también me observaba con el rabillo del ojo en la escasa lejanía. Observaría mi figura novedosa, al principio, y habitual al de unos días.
Lamento en muchas ocasiones (ésta es una de ella), el hecho de que entre nosotros existiese una distancia de unos pocos metros cubiertos de agua de mar, los cuales, gracias a la vieja y agrietada piedra del puerto se convertían en un largo rodeo al tener éste forma de herradura. Casi, podría decir, nos separaba un silencio únicamente roto por las sirenas de las embarcaciones y por el irritante recochineo de las viejas arpías, otras habituales del lugar, que centraban sus míseras y estúpidas risas en mi estéril labor de pescador aficionado.
Sí, lamento mucho todo eso porque había deseado que la distancia y el silencio no hubiesen sido tan arrogantes y tiranos. Quizá, si sus brazos de hierro se hubiesen aflojado, hubiera sido capaz de vencer mi natural timidez y me habría dirigido a aquel viejo pescador. Quizá hubiera podido llegar a escuchar alguna de las historias de su dilatada vida, sus “batallitas”… No logro llegar a imaginar qué palabras, consejos… retazos de vidas pasadas disfrutadas en lugares lejanos, o no tanto, habrían llegado a deleitar mis oídos.
Es una lástima y, ¿quién sabe si ahora todas esas vidas se han perdido en el viento?


