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San Juan de Gaztelugatxe, enclave mágico del Cantábrico

Autor: Javier Yuste Fotografías: Andy Roberts, Phillip Capper

En la tierra en la que nací y que me crió, hay muchos enclaves mágicos e inimitables. Si hay que elegir uno en concreto éste no está muy lejos de donde vivía. Sin duda sería la ermita de San Juan de Gaztelugatxe.

Ubicada en un pequeño islote unido al continente mediante un istmo artificial compuesto por cientos de escaleras de irregular factura, un estrecho acceso pétreo a un lugar con reminiscencias guerreras (“gaztelu” es la palabra eúskara para referirse a “castillo”). De datación real imposible de concretar salvo el edificio actual de la ermita, reformado en 1886, fue antigua fortaleza templaria, propiedad de los Señores de Vizcaya, bastión de Jauntxos (nobles vizcaínos) leales al Señor D. Juan Núñez de Lara que se opusieron a la invasión de Alfonso XI en 1334, objeto de la rapiña de Drake en 1596 o de corsarios ingleses en 1782. También testigo de la mayor batalla del Cantábrico en la guerra civil española del s. XX.

En las obras de reconstrucción decimonónica se descubrieron monedas acuñadas bajo el reinado de Fernando III (1217-1252), así como sepulcros monolíticos a semejanza de los que aún podemos contemplar en Argiñeta (Elorrio), con lo que podríamos retrasar el reloj hasta el s. IX.

La ermita es objeto de veneración y tradición cristiana por los habitantes de la zona. Tradición que menta que el propio Juan el Bautista estuvo allí y que, de tres pasos gigantescos, llegó desde el propio arco de San Juan (única puerta superviviente del recinto amurallado de Bermeo), hasta llegar al último escalón de acceso al templo, pasando por el caserío de Itsasalde (“al lado del mar”), de Arane, en el Alto de Burgoa.

En el interior de la ermita, donde el protagonismo lo ocupa San Juan “degollado”, se custodian las imágenes de la Virgen del Carmen, San Pedro, San Pablo, San Antonio y Santa María, rodeados de particulares exvotos ofrecidos por las gentes del mar: cuadros con escenas marineras y maquetas de barcos. La cruz se encuentra sobre la proa de una embarcación y el propio portón ostenta un gran timón.

Lugar de peregrinaje para que los marineros cumplieran sus promesas cuando pidieron ser amparados por la Providencia bajo la tormenta; donde las mujeres que querían tener hijos dejaban ropas de niño bajo la imagen de Santa Ana (ahora en la iglesia juradera de Santa Eufemia de Bermeo); o cuando se padecían fuertes dolores de cabeza o insomnio. Nunca hay que olvidar tocar la campana de la entrada mientras se reza.

Supongo que todavía habrá peregrinos de Arrieta, Meñaka, Bakio, Bermeo y demás villas y anteiglesias del monte Sollube que vayan con garbanzos en los zapatos en día de San Juan.

Asimismo, seguirán las discusiones entre bermeotarras y bakiotarras ya que aunque el templo depende de la parroquia de San Pelayo de Bakio, es gracias a la devoción y preocupación desinteresadas de las gentes de Bermeo el mantenimiento y reparación del mismo.

Me pregunto si todavía habrá casos de peregrinos que se hayan topado con almas en pena en las laderas del Sollube, en el camino hasta San Juan de Gaztelugatxe. Hace tiempo que olvidé el conjuro que hay que recitar cuando te encuentras con una de ellas.

Se podría hablar mucho más, pero es un lugar en el que valen más las imágenes que las palabras.

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